Coleccionistas

De tapices
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La corte de Felipe III de Borgoña, llamado el Bueno.
Miniatura de la primera página de las Crónicas de Hainaut de Rogier van der Weyden (1400-1464).
Bibliothèque Royale (Biblioteca Real), Bruselas, Bélgica.

Coleccionistas: reyes, nobles y eclesiásticos

En el siglo XV, los duques de Borgoña –Felipe el Bueno y Carlos el Temerario– acumularon un impresionante número de paños de gran calidad. Este interés por los tapices se extendió por España y las demás cortes europeas. En Aragón, por ejemplo, Juan II y su esposa Juana Enríquez reunieron varios ejemplares. Sin embargo, es en Castilla donde se encuentran más tapices: Juan II de Castilla y Enrique IV, su hijo y heredero, acumularon un gran número de paños, aunque escaso frente a los más de trescientos que llegó a poseer Isabel la Católica en 1500, a los que hay que sumar los que adquirió Fernando el Católico.

Imitando a los reyes, los nobles y principales eclesiásticos, como el obispo Juan Rodríguez de Fonseca o el arzobispo de Zaragoza e hijo natural de Fernando el Católico, Alonso de Aragón, también se interesaron por adquirir tapices, sobre todo a partir de 1496. Desde ese año se estrecharon las relaciones entre España y el ducado de Borgoña gracias a la doble boda entre dos hijos del emperador Maximiliano I –Felipe el Hermoso y Margarita de Austria– con dos de los hijos de los Reyes Católicos –el príncipe Juan y la infanta Juana–. Las relaciones comerciales aumentaron y muchos personajes viajaron a los Países Bajos y allí encargaron tapices, aunque también los podían comprar a los mercaderes en ferias como la de Medina del Campo.

En torno a 1500 el número de tapices que había en Castilla era muy elevado. De hecho, cuando la infanta Juana fue a los Países Bajos para encontrarse con su esposo Felipe el Hermoso, llevó consigo paños de tal calidad que sorprendieron a sus habitantes a pesar de haberse manufacturado allí. No era un caso excepcional: Isabel la Católica también dotó a sus otras hijas con magníficos tapices e, incluso, regaló veintidós ejemplares a su nuera Margarita de Austria. En 1502, cuando Felipe el Hermoso y Juana regresaron a España para ser reconocidos herederos, había tantos paños en Castilla que el cronista Antoine de Lalaing describió los lugares por donde pasaba la comitiva –que se dirigía a Toledo para encontrarse con los Reyes Católicos– como espléndidamente decorados con paños que colgaban por calles y plazas.

Si los Reyes Católicos atesoraron un gran número de piezas, su hija Juana I tenía más de setenta tapices cuando ingresó en Tordesillas en 1509. Carlos V encargó varias series y engrandeció su colección con los que le llegaron de sus familiares. Los Honores (Patrimonio Nacional, serie 8), la Batalla de Pavía (Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles) la Empresa de Túnez (Patrimonio Nacional, serie 13), las Cacerías de Carlos V, también llamadas de Maximiliano (Musée du Louvre, París)... son solo algunos ejemplos de la espléndida colección que llego a reunir el emperador.

Felipe II mantuvo el interés de sus antepasados. Adquirió costosas series, como la del Apocalipsis, que se sumaron a las que recibió por herencia paterna, a los tapices que tomó a la muerte de su primera mujer, María Manuela de Portugal y, sobre todo, a los que le llegaron de su tía, María de Hungría, gracias a que nombró heredera a la princesa Juana de Portugal, hermana menor del rey, y que cuando ésta falleció en 1573, sus bienes pasaron al monarca. En total llegó a poseer más de setecientos ejemplares, y tomó una decisión de enorme importancia para la conservación de los tapices: a su muerte los paños debían permanecer vinculados a la Corona. La orden fue refrendada por sus sucesores, con lo que la colección real española se convirtió en la más importante del mundo y en buena medida ha llegado a nuestros días.

Felipe III y Felipe IV, como antes su padre y abuelo, gustaron de la pintura, pero no desestimaron la importancia de los tapices. Felipe IV, por ejemplo, adquirió series como la Historia del cónsul Decio Mus (Patrimonio Nacional, serie 52), la Historia de Teseo (Patrimonio Nacional, series 56 y 57) o la Historia de la Vida del Hombre (Patrimonio Nacional, series 58 y 59). El reinado del último de los Habsburgo, Carlos II, no fue el momento de mayor gloria, pero no supuso una pérdida de obras de arte, así que los tapices continuaron siendo piezas principales en las colecciones reales. El cambio de dinastía con la llegada de Felipe V Borbón conllevó la fundación de la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, muestra inequívoca del interés que aún suscitaban los paños.


Miguel Ángel Zalama



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