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La villa de Madrid, la capital de España, es hoy una ciudad abierta y cosmopolita, con innumerables atractivos lúdicos y culturales, que ha sabido mantener su espíritu amable, acogedor y nada pretencioso.

El origen visigodo y musulmán

El lugar donde se levanta Madrid estuvo escasamente poblado durante los primeros siglos de la era cristiana; algunos restos tardorromanos y visigodos parecen apuntar la existencia de un pequeño núcleo de población de cronología discontinua. La historia de la villa comienza con su fundación en la segunda mitad del siglo IX por el emir de Córdoba Muhammad I con fines estratégicos: sobre la colina donde se levanta el Palacio Real, en el lugar que las fuentes musulmanas denominan Mayrit o Magerit, mandó construir una torre-atalaya que permitiera observar los movimientos de tropas cristianas por los puertos de la Sierra de Guadarrama; en último término, lo que pretendía el emir era controlar la ruta hacia Toledo.


La conquista castellana

Alfonso VI de León y Castilla asedió y tomó Madrid en 1083, como paso previo para la conquista de Toledo, llevada a cabo dos años más tarde. Aunque en siglos sucesivos recibió diversos privilegios por los sucesivos monarcas castellanos —Alfonso VIII le otorgó el Fuero de Madrid (1202); Fernando IV reunió por primera vez en ella las Cortes (1309); Alfonso XI le concedió una cédula (1346) considerada como el origen de su Ayuntamiento—, lo cierto es que durante toda la Edad Media fue una población de segundo rango.


El Madrid de los Austrias

Esa situación cambió, especialmente, a partir del reinado de Felipe II, y su decisión de trasladar a Madrid, en el año 1561, la capital de sus estados. La ciudad conoció, a partir de entonces, un notable desarrollo urbanístico, con ampliación de murallas y erección de palacios e iglesias. Y, evidentemente, su Plaza Mayor, ideada por Juan de Herrera y finalizada por Juan Gómez de Mora en 1617-1619, quien le dio su aspecto actual —recinto cuadrangular cerrado, con soportales continuos—, el mismo que se convertirá de modelo no sólo para muchas plazas mayores de España, sino de toda la América española. Su función era la propia de las plazas mayores de época barroca: la celebración de actos públicos y festejos populares. Ya en 1619 se celebró en ella su primera corrida de toros.


El Madrid de los Borbones

Pero el empuje más importante para el urbanismo de la capital de España se dio con otra casa real, la de los Borbón, reinantes en España a partir del siglo XVIII. El primero de ellos, Felipe V (1701-1746) fundó instituciones —con sus respectivos edificios sede— como la Real Academia de la Lengua (1713), la Real Academia de la Historia (1735) y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1744). Además, en la Nochebuena de 1734 ardió completamente el antiguo alcázar de los Austria, y el rey decidió construir en su lugar uno nuevo, al gusto borbónico francés: entre 1738 y 1784 se construyó el Palacio Real.

Y entre todos los reyes de la Casa de Borbón, Carlos III (1759-1788), que recibió el sobrenombre de “Alcalde de Madrid”. Fue este monarca quien dotó a Madrid de una serie de infraestructuras que hicieron de ella una ciudad moderna, como el saneamiento y empedrado (1761) y el alumbrado (1765) de las calles. Su principal reforma urbanística fue la del Paseo del Prado, llevada a cabo por José de Hermosilla y Sandoval en su primera fase y por Ventura Rodríguez en su segunda. El rey trasladó a este paseo el Jardín Botánico fundado en 1755 a orillas del río Manzanares por su hermano y predecesor en el trono, Fernando VI (1746-1759), con la pretensión de crear una zona urbana dedicada a la ciencia, que habría de estar formada por el citado jardín, un gabinete de historia natural (donde, a partir de 1819, se ubicaría el Museo Nacional del Prado) y el Observatorio Astronómico de Madrid, cuyos diseños son obra de Juan de Villanueva. Además, levantó, en sustitución de otra más antigua, la puerta más celebre de Madrid, la Puerta de Alcalá, e hizo público el Parque del Retiro (1767); todo ello, debido al influjo del pensamiento de la Ilustración.


Tiempos Modernos

Desde una perspectiva urbanística, la villa de Madrid ha experimentado a lo largo de los dos últimos siglos un proceso de reforma y expansión, que como consecuencia del crecimiento natural de la población se ha prolongado hasta el aspecto que ofrece en la actualidad. De los patios de corrala, los cafés escenario de tertulias literarias y políticas, la vida bohemia del siglo XIX hasta la puntera modernidad de hoy en día, Madrid ha conservado un afán de progreso y superación y un espíritu de apertura al mundo.


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